En una época con muchos cambios,donde los acontecimientos se suceden de prisa, siempre es bueno tomarse un tiempo para meditar acerca de donde estamos y hacia donde vamos.
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miércoles, 16 de mayo de 2012
Relato de viaje: León
Ya había mencionado antes mi paso por la ciudad de Guanajuato, México. En el mismo viaje, siempre moviéndome por la zona de El Bajío- región natural y cultural en el centro de México formado por tierras planas y fértiles de los estados de Guanajuato, Jalisco, Michoacán y Querétaro- tuve el gusto de visitar también una gran ciudad: León.
Lo primero que a uno le llama la atención es su tamaño: No sé cuánto anduvo el ómnibus a través de uno o dos barrios hasta llegar a una zona comercial. De un lado de la avenida había grandes restaurantes con diversas ofertas en cuanto a sus platos y sus precios. Del otro lado, grandes centros comerciales estaban prácticamente uno al lado del otro. Un cartel anunciaba: "Centro histórico 6 km".
Es la séptima ciudad más grande del país, con más de 1.600.000 habitantes, y la más poblada del estado de Guanajuato. Según leí más tarde en Wikipedia, " León ocupa la primera posición de Latinoamérica en la división de las ciudades más grandes con mejor costo- beneficio".
Un vuelo de conexión lo llevaría desde la capital hasta el Aeropuerto Internacional de Guanajuato en menos de una hora.
En uno de esos centros comerciales comí muy bien, después de decidirme entre una gran variedad de posibilidades, incluyendo comida típica de otros países, por ejemplo comida china o incluso platos típicos de Argentina. No faltaba tampoco un Mac'Donalds ni un local de café Starbucks, donde pude elegir cada detalle de tal manera de tomar un café personalizado. Hasta le habían escrito mi nombre al vaso.
Había más de una docena de salas de cine, y tras comprar las entradas recorrimos un largo pasillo hasta dar con la sala correspondiente. En caso de llegar tarde, podríamos haber visto esa película en el siguiente horario de otra sala. Además de los comercios de ropa, librerías, música y videojuegos, había dos o tres escenarios donde generalmente un artista tocaba o un grupo bailaba, como atracción adicional para quienes paseaban por allí.
El centro histórico, por otro lado, el estado atractivo que no debe perdérselo quien viaje a esa ciudad. La plaza central tiene a su alrededor bellos templos, aparte de la municipalidad, las galerías con comercios, cafés y heladerias. Al visitarlo en época cercana a la Navidad, la decoración temática otorgaba a la plaza un atractivo extra.
Si decide volver con sus propios ojos recomiendo que se tome su tiempo, pues hay mucho que ver, más de lo que se podría en un solo día.
lunes, 27 de febrero de 2012
Relato de viaje: Guanajuato
Guanajuato, capital del estado del mismo nombre. El ómnibus me acerca a la ciudad a través de un bello paisaje de montañas. Lo primero que me llama la atención son las casas construidas sobre los montes y pintadas de variados colores. Parece una gigantesca tribuna que mira hacia el centro histórico, y ciertamente hay mucho que ver allí. La información del folleto turístico en mis manos dice:
"Guanajuato fue asentamiento de indígenas otomíes hasta principios del siglo XV, y el vocablo Guanajuato proviene del purépecha "Guanaxhuato" que significa "lugar montuoso de ranas". La ciudad de Guanajuato debe su origen gracias al descubrimiento por los españoles de las ricas minas de plata a partir de 1548. Nombrada la Muy Noble y Leal Ciudad de Santa Fe y Real de Minas de Guanajuato en 1741, convirtiéndose en el siglo XVI, en la ciudad más rica de México. Este esplendor minero se ve reflejado su magnífica arquitectura religiosa y civil."
Es limitado número de vehículos que bordean el centro histórico, como siempre limitada también su velocidad. El centro es para caminar, para pasear con gusto por sus calles y callejones, siguiendo subidas, bajadas, curvas, y las escaleras que conectan diferentes sectores. El tránsito pesado pasa por los túneles debajo del centro. Allí es donde me bajo y tomo una de las escaleras para emerger a una tranquila y agradable atmósfera de arquitectura colonial. De un lado de la calle se encuentra una de las iglesias, junto al teatro Juárez. hay varios cafés y una trattoria italiana donde comeremos luego. Ya he probado típicos platos mexicanos, con su típica dosis de picante. Del otro lado de la calle, en un pequeño parque, mucha gente toma café mientras conversa en español o en inglés; mientras tanto, un grupo de mariachis canta un par de temas. Nos sentamos en uno de los bancos del parque. Estoy en uno de los lugares más bellos del mundo y en buena compañía.
"El primer Festival Cervantino se llevó a cabo en 1972, convirtiéndose en la más importante fiesta cultural de Latinoamérica. Cada año acuden visitantes de todo el mundo para disfrutar las más selectas manifestaciones artísticas de teatro, danza, música, literatura y artes plásticas. Los principales escenarios del festival son el Teatro Juárez, el Teatro Principal, el Teatro Cervantes, la Universidad de Guanajuato; los más hermosos templos; y en las plazas y calles de la ciudad."
Seguimos nuestro paseo mientras escucho los comentarios sobre el Festival Cervantino, pues he llegado justo en esos días. A pocos metros de donde estamos, un par de actores entretiene a la gente, que se detiene para verlos. A lo largo de la misma calle hay otros actores muy bien caracterizados con su maquillaje y sus trajes. Un grupo de personas se saca fotos junto a un actor caracterizado como un guerrero azteca, tras lo cual dejan monedas en el recipiente a sus pies.
Nosotros seguimos hacia un lugar que no podíamos dejar de visitar en Guanajuato: el Callejón del Beso. Unos metros antes de llegar una niña se ofrece a contarnos la leyenda de ese callejón a cambio de unas monedas a voluntad. En su parte más estrecha ese pasaje apenas si alcanza los 75 cm de ancho en la escalera. Se supone que las parejas de enamorados que pasen por ahí sin besarse, tendrían siete años de mala suerte, y si se besan en el tercer escalón tendrían 15 años de buena suerte. La mayor parte del día y un fotógrafo listo para inmortalizar ese momento con un precio razonable, y de inmediato entregar la foto pegada a una tarjeta que lleva impresa la leyenda. Como se podrán imaginar, allí nos besamos. Es muy pronto como para confirmar la veracidad del mito, pero hasta ahora... puede que sea verdad. Es difícil encontrar el callejón vacío como en la foto, pero como podrán comprender, las imágenes con mi amada son muy personales.
Callejón del beso. Imagen: EvaHerber
miércoles, 8 de febrero de 2012
Relato de viaje (3)
Foto: marcopako
Había visto varias películas en que los pilotos eran apretados contra sus asientos por una potente aceleración. Era el efecto de las "catapultas" que les daban un impulso adicional para poder despegar de un portaaviones. Comprobé que un vuelo como turista era muy diferente. Apenas se sentía la aceleración, no en el cuerpo sino en el sonido de las maquinas, hasta que una leve inclinación nos indicaba que ya estábamos en el aire. Todo tan suave como volar en sueños con la fuerza de la voluntad.
Tan pronto como alcanzamos la altura que el avión acostumbra para estos viajes, se anunció que cada cual podía utilizar los aparatos electrónicos que trajera: computadora portátil, reproductor de música, ese tipo de cosas. Me costaba creer que estuviéramos a 10 km de altura. En cualquier caso, si estábamos a cinco a siete o a 10 km, yo no notaba diferencia alguna. Estábamos volando de noche, estábamos dentro en un compartimiento cerrado y con poca luz que para mí tanto podría ser un avión o un submarino. No sabía en qué parte del mundo me encontraba en determinado momento, sólo tenía el reloj para saber qué parte del viaje habíamos hecho y cuánto faltaba. Por cierto, lo había adelantado para asegurarme de llegar con la hora de México, y tomar el vuelo de conexión en el momento correcto.
El aparato eléctrico que traía conmigo era un humilde reproductor de mp3 que funcionaba con una batería AAA. Lo utilicé de a ratos para escuchar unos tangos. Había probado escuchar la música del avión con los audífonos proporcionados a bordo, pero de los diferentes canales, ninguno tenía un tipo de música que me interesara. En las pantallas distribuidas sobre los pasillos a intervalos regulares comenzó la primera película: Kung Fu Panda. No había visto niños entre los pasajeros, aunque la película era entretenida para todas las edades. En mi caso, el único problema era que ya la había visto. A mi alrededor había pasajeros mejor equipados para pasar el tiempo. Uno de los pasajeros tenía una "tablet", ese tipo de computadora plana, pequeña y portátil. Demostrando ser muy previsor, la utilizaba para ver una película que fuera más de su gusto. En otro momento utilizaría la misma tablet para jugar un solitario. A pocos metros, otro pasajero tenía una computadora portátil y trabajaba totalmente concentrado en una plantilla de Excell, el típico programa de asuntos administrativos. Si algo me sorprendía más que estar a 10 km de altura en alguna parte del planeta era observar a un adicto al trabajo que pasó horas escribiendo quién sabe qué, en medio de la noche, durante el viaje en avión. En cuanto a los celulares, yo no tenía, y tampoco sabía si funcionaban en esas circunstancias, más allá de las funciones adicionales como tomar fotos, usar un juego, programar la alarma para ser despertado a determinada hora o escuchar música. Un viaje de nueve horas y 20 minutos se hace largo y aburrido, por más aparatos, entretenimientos o lecturas que uno lleve; sin embargo, conviene llevarlos.
En determinado momento muchos estaban durmiendo, haciendo uso de la pequeña almohada, la manta, y la máscara para los ojos que cada uno había recibido. Para ellos el viaje debió sentirse más corto. Yo nunca he conseguido dormir mientras viajo, no lo conseguí en tren, en ómnibus, ni ahora tampoco en avión. No siento que ningun asiento reemplace a una cama. De vez en cuando hacía ejercicios, pues era lo recomendado: incluso un folleto de la línea aérea indicaba cuáles hacer en un viaje largo. Cosas como mover la cabeza a un lado y a otro, ejercicios para los hombros y los brazos que uno podía hacer en el mismo asiento donde se encontraba. También a veces me levantaba y caminaba hasta uno de los baños que se encontraban al fondo. La puerta del mismo se habría doblandose hacia un costado. El espacio tan pequeño que uno tenía que girar sobre el eje vertical para usar primero el inodoro y luego el lavamanos. En el exterior había una indicación que nos comunicaba si el baño estaba ocupado. Quienes no percibian al principio ese detalle podían esperar un minuto frente a un baño vacío. Regresaba a mi asiento no sólo fijándome en el número y la letra del mismo, sino tomando como punto de referencia a los pasajeros que ya sabía que tenía cerca. No sé si a otras personas que lean este relato les habrá tocado viajar junto a alguien muy conversador o una pareja ruidosa. En mi caso, tenía de un lado la ventanilla y del otro lado a una mujer de unos 50 años que se mostraba amable en los pocos momentos en que dijo una palabra.
No sentía hambre, aunque las comidas eran una novedad que también servía para combatir el aburrimiento. No podía quejarme ni de la cantidad ni la calidad de cuanto había comido. Después de Kunf Fu Panda, "Medianoche en Paris" y "Capitán America", todavía quedaba tiempo para una serie cómica de media hora. Llegó el momento en que se nos anunció por fin que ya estábamos por llegar al aeropuerto internacional de México. Llegué todavía de noche a un sitio desconocido y seguí a los demás.
El espacio era grande y el cartel decía "migraciones". Nos separamos en dos grupos: quienes eran mexicanos y quienes éramos extranjeros. Otra vez una cola, pero que pasaba rápido. Había varias chicas lindas atendiendo en ese trámite a los recién llegados. Cuando me llamaron a mi, me atendió un hombre de bigote, serio como perro en un bote, solemne como pedo de inglés. Hablaba en voz baja como si estuviera en una biblioteca, por lo que tuve que inclinarme un poco y acercarme para escuchar mejor. Después de ver mi pasaporte, me pregunto cuándo me iba. Había acabado de viajar durante nueve horas y 20 minutos y lo primero que me preguntaba era la fecha en que partiría. En Argentina me habían preguntado cuándo volvería. Parecía como si en Buenos Aires tuvieran miedo de perder un argentino y en México tuvieran miedo de ganar uno. Hubiera esperado algo como "gracias por visitar nuestro país", pero no tenía experiencia viajando. También quiso ver mi pasaje de regreso, por lo cual le expliqué el tema del boleto electrónico, y le mostré un documento que comprobaba la compra de un pasaje de ida y vuelta. Me preguntó cuánto tiempo me quedaría y dónde. Le indique la dirección de la casa de mi princesa, que ya estaba escrita en un ficha que había llenado. Entonces me preguntó cómo lo había conocido. "Y a tí qué rayos te importa" fue la respuesta pensada, pero como no quería quedarme a vivir en la oficina de migraciones, la respuesta fue "por internet".
Finalmente puso un sello al pasaporte y pasé a la siguiente sección, donde debía apretar un botón y ver si se encendía una luz verde o una luz roja. En mi caso fue roja, así que subi mi valija sobre una plataforma a modo de mesa y una chica muy simpática vestida con su uniforme de aduanas examinó brevemente el contenido. Luego de ver que todo estaba en orden, dejé la valija en una nueva cinta transportadora para que la carguen en el vuelo de conexión que saldría más tarde. Ese fue un momento en que ocurrió algo muy extraño pero que sólo noté más tarde: ya no tenía sujeta a mi cinturón la llave del candado de la valija. No sabía lo que habría hecho con la misma después de abrirla para que fuera revisada en aduanas. No recordaba si había vuelto a cerrarla, por lo cual lo más probable era que mi valija viajara cerrara únicamente por los cierres. Afortunadamente, el vuelo de conexión hacia Guanajuato duraba menos de una hora. En comparación con nueve horas y media, era un parpadeo.
Ya de día,un día de pleno calor, este avión más pequeño y con menos pasajeros se posó con habilidad y precisión sobre la pista. Había atravesado el planeta completamente solo y había llegado al lugar de destino en tiempo y forma. Esperé la llegada del equipaje algo impaciente, en unos minutos que parecían años. La valija se encontraba perfectamente bien. Paradójicamente, lo único que faltaba era el candado que le había puesto para procurar que nada faltara. Volví a tomar mi valija y arrastrarla metro tras metro hacia el sector de llegadas. Aunque no pudiera verla todavía, sabía que mi princesa estaba allí, lo sabía cómo sabía que la tierra era redonda, lo sentía tan claro como el sol de ese mediodía. Allí estaba, llamándome por mi nombre, pues me había visto un momento antes de que yo la viera. Sin duda, un abrazo y un beso romántico constituyen la manera ideal de concluir un largo viaje. Era final de ese viaje, pero solo el principio de aquélla estadía con bastantes lugares que vale la pena visitar, y en buena compañía.
Continuará...
Había visto varias películas en que los pilotos eran apretados contra sus asientos por una potente aceleración. Era el efecto de las "catapultas" que les daban un impulso adicional para poder despegar de un portaaviones. Comprobé que un vuelo como turista era muy diferente. Apenas se sentía la aceleración, no en el cuerpo sino en el sonido de las maquinas, hasta que una leve inclinación nos indicaba que ya estábamos en el aire. Todo tan suave como volar en sueños con la fuerza de la voluntad.
Tan pronto como alcanzamos la altura que el avión acostumbra para estos viajes, se anunció que cada cual podía utilizar los aparatos electrónicos que trajera: computadora portátil, reproductor de música, ese tipo de cosas. Me costaba creer que estuviéramos a 10 km de altura. En cualquier caso, si estábamos a cinco a siete o a 10 km, yo no notaba diferencia alguna. Estábamos volando de noche, estábamos dentro en un compartimiento cerrado y con poca luz que para mí tanto podría ser un avión o un submarino. No sabía en qué parte del mundo me encontraba en determinado momento, sólo tenía el reloj para saber qué parte del viaje habíamos hecho y cuánto faltaba. Por cierto, lo había adelantado para asegurarme de llegar con la hora de México, y tomar el vuelo de conexión en el momento correcto.
El aparato eléctrico que traía conmigo era un humilde reproductor de mp3 que funcionaba con una batería AAA. Lo utilicé de a ratos para escuchar unos tangos. Había probado escuchar la música del avión con los audífonos proporcionados a bordo, pero de los diferentes canales, ninguno tenía un tipo de música que me interesara. En las pantallas distribuidas sobre los pasillos a intervalos regulares comenzó la primera película: Kung Fu Panda. No había visto niños entre los pasajeros, aunque la película era entretenida para todas las edades. En mi caso, el único problema era que ya la había visto. A mi alrededor había pasajeros mejor equipados para pasar el tiempo. Uno de los pasajeros tenía una "tablet", ese tipo de computadora plana, pequeña y portátil. Demostrando ser muy previsor, la utilizaba para ver una película que fuera más de su gusto. En otro momento utilizaría la misma tablet para jugar un solitario. A pocos metros, otro pasajero tenía una computadora portátil y trabajaba totalmente concentrado en una plantilla de Excell, el típico programa de asuntos administrativos. Si algo me sorprendía más que estar a 10 km de altura en alguna parte del planeta era observar a un adicto al trabajo que pasó horas escribiendo quién sabe qué, en medio de la noche, durante el viaje en avión. En cuanto a los celulares, yo no tenía, y tampoco sabía si funcionaban en esas circunstancias, más allá de las funciones adicionales como tomar fotos, usar un juego, programar la alarma para ser despertado a determinada hora o escuchar música. Un viaje de nueve horas y 20 minutos se hace largo y aburrido, por más aparatos, entretenimientos o lecturas que uno lleve; sin embargo, conviene llevarlos.
En determinado momento muchos estaban durmiendo, haciendo uso de la pequeña almohada, la manta, y la máscara para los ojos que cada uno había recibido. Para ellos el viaje debió sentirse más corto. Yo nunca he conseguido dormir mientras viajo, no lo conseguí en tren, en ómnibus, ni ahora tampoco en avión. No siento que ningun asiento reemplace a una cama. De vez en cuando hacía ejercicios, pues era lo recomendado: incluso un folleto de la línea aérea indicaba cuáles hacer en un viaje largo. Cosas como mover la cabeza a un lado y a otro, ejercicios para los hombros y los brazos que uno podía hacer en el mismo asiento donde se encontraba. También a veces me levantaba y caminaba hasta uno de los baños que se encontraban al fondo. La puerta del mismo se habría doblandose hacia un costado. El espacio tan pequeño que uno tenía que girar sobre el eje vertical para usar primero el inodoro y luego el lavamanos. En el exterior había una indicación que nos comunicaba si el baño estaba ocupado. Quienes no percibian al principio ese detalle podían esperar un minuto frente a un baño vacío. Regresaba a mi asiento no sólo fijándome en el número y la letra del mismo, sino tomando como punto de referencia a los pasajeros que ya sabía que tenía cerca. No sé si a otras personas que lean este relato les habrá tocado viajar junto a alguien muy conversador o una pareja ruidosa. En mi caso, tenía de un lado la ventanilla y del otro lado a una mujer de unos 50 años que se mostraba amable en los pocos momentos en que dijo una palabra.
No sentía hambre, aunque las comidas eran una novedad que también servía para combatir el aburrimiento. No podía quejarme ni de la cantidad ni la calidad de cuanto había comido. Después de Kunf Fu Panda, "Medianoche en Paris" y "Capitán America", todavía quedaba tiempo para una serie cómica de media hora. Llegó el momento en que se nos anunció por fin que ya estábamos por llegar al aeropuerto internacional de México. Llegué todavía de noche a un sitio desconocido y seguí a los demás.
El espacio era grande y el cartel decía "migraciones". Nos separamos en dos grupos: quienes eran mexicanos y quienes éramos extranjeros. Otra vez una cola, pero que pasaba rápido. Había varias chicas lindas atendiendo en ese trámite a los recién llegados. Cuando me llamaron a mi, me atendió un hombre de bigote, serio como perro en un bote, solemne como pedo de inglés. Hablaba en voz baja como si estuviera en una biblioteca, por lo que tuve que inclinarme un poco y acercarme para escuchar mejor. Después de ver mi pasaporte, me pregunto cuándo me iba. Había acabado de viajar durante nueve horas y 20 minutos y lo primero que me preguntaba era la fecha en que partiría. En Argentina me habían preguntado cuándo volvería. Parecía como si en Buenos Aires tuvieran miedo de perder un argentino y en México tuvieran miedo de ganar uno. Hubiera esperado algo como "gracias por visitar nuestro país", pero no tenía experiencia viajando. También quiso ver mi pasaje de regreso, por lo cual le expliqué el tema del boleto electrónico, y le mostré un documento que comprobaba la compra de un pasaje de ida y vuelta. Me preguntó cuánto tiempo me quedaría y dónde. Le indique la dirección de la casa de mi princesa, que ya estaba escrita en un ficha que había llenado. Entonces me preguntó cómo lo había conocido. "Y a tí qué rayos te importa" fue la respuesta pensada, pero como no quería quedarme a vivir en la oficina de migraciones, la respuesta fue "por internet".
Finalmente puso un sello al pasaporte y pasé a la siguiente sección, donde debía apretar un botón y ver si se encendía una luz verde o una luz roja. En mi caso fue roja, así que subi mi valija sobre una plataforma a modo de mesa y una chica muy simpática vestida con su uniforme de aduanas examinó brevemente el contenido. Luego de ver que todo estaba en orden, dejé la valija en una nueva cinta transportadora para que la carguen en el vuelo de conexión que saldría más tarde. Ese fue un momento en que ocurrió algo muy extraño pero que sólo noté más tarde: ya no tenía sujeta a mi cinturón la llave del candado de la valija. No sabía lo que habría hecho con la misma después de abrirla para que fuera revisada en aduanas. No recordaba si había vuelto a cerrarla, por lo cual lo más probable era que mi valija viajara cerrara únicamente por los cierres. Afortunadamente, el vuelo de conexión hacia Guanajuato duraba menos de una hora. En comparación con nueve horas y media, era un parpadeo.
Ya de día,un día de pleno calor, este avión más pequeño y con menos pasajeros se posó con habilidad y precisión sobre la pista. Había atravesado el planeta completamente solo y había llegado al lugar de destino en tiempo y forma. Esperé la llegada del equipaje algo impaciente, en unos minutos que parecían años. La valija se encontraba perfectamente bien. Paradójicamente, lo único que faltaba era el candado que le había puesto para procurar que nada faltara. Volví a tomar mi valija y arrastrarla metro tras metro hacia el sector de llegadas. Aunque no pudiera verla todavía, sabía que mi princesa estaba allí, lo sabía cómo sabía que la tierra era redonda, lo sentía tan claro como el sol de ese mediodía. Allí estaba, llamándome por mi nombre, pues me había visto un momento antes de que yo la viera. Sin duda, un abrazo y un beso romántico constituyen la manera ideal de concluir un largo viaje. Era final de ese viaje, pero solo el principio de aquélla estadía con bastantes lugares que vale la pena visitar, y en buena compañía.
Continuará...
jueves, 2 de febrero de 2012
Relato de viaje (2)
Foto:skinnylawyer
Tan pronto como bajé del omnibus seguí a los demás hacia el interior de la terminal, tras cruzar una calle. Una vez más rechacé las ofertas de quienes a viva voz ofrecían envolver la valija por un determinado precio. Ahora tenía que asegurarme de seguir correctamente todos los pasos de manera de estar en el avión dentro de tres horas. ¿Cuáles eran esos pasos? Hasta donde sabía, debía ir hasta la ventanilla de la línea aérea con la que viajaba para recibir mi pasaje. No lo traía conmigo como tal vez hubiera pasado en otras épocas. Era un boleto electrónico, algo que había leído en una vieja revista de viajes tan sólo unos días antes. Como ya tenía hecha la reserva y al viaje estaba pagado, sólo debía presentar el pasaporte en la ventanilla para que en ese momento impriman el pasaje y me lo entreguen.
Había más de 20 ventanillas, tal vez 30 o más una al lado de otra, unas cuantas estaban apagadas. Pasé frente a ellas arrastrando mi valija,tirando de la manija para que todo su peso se deslice sobre dos pequeñas ruedas. Era nueva la experiencia de ir al baño con una valija, pues obviamente no podía separarme de ella ni por un momento. Imaginé que debía haber un puesto de información, y después de consultar a un guardia, me encaminé hacia el puesto que me indicó. Allí una joven amable estaba respondiendo preguntas en español, inglés y portugués. Le confesé todo: como no había hecho antes un viaje como ese, no tenía mucha idea de lo que debía hacer. Me dijo que la correspondiente ventanilla se abriría más tarde, y así fue. De un momento a otro ya había una considerable fila de pasajeros, cada uno con varias valijas. Contra lo que pensaba al principio, la fila avanzaba a buen ritmo. Tan pronto como llegué a la ventanilla, recibí el pasaje a México y el pasaje del vuelo de conexión. Dejé mi valija sobre una cinta transportadora y me sentí aliviado de su peso. No volvería a verla hasta dentro de unas cuantas horas, en México.
El siguiente paso era entrar al área de preembarque. Una nueva fila para hacer pasar el bolso de mano por la máquina de rayos X y levantar los brazos mientras cada uno le era revisado con un detector de metales portátil.
-¿Dónde va?-preguntó el uniformado del detector portátil.
- A México -respondi una vez más.
Elsiguiente e inmediato paso llevaba el cartel "migraciones". Una nueva fila compensada por la velocidad con que avanzaba la misma. Cada pasajero mostraba su pasaporte frente a una ventanilla atendida por una persona frente a una PC. Le ponían un sello al pasaporte y que tenga buen viaje. Cuando yo llegué a la ventanilla, la chica que atendía introdujo mis datos en la PC. Los miró por segunda vez y me pidió también el documento nacional de identidad, cosa que no había hecho con los anteriores pasajeros. Después de verlo e introducir nuevamente los datos, me pidió que espere un minuto y se retiró de su puesto para entrar en una oficina. Volvió con un hombre que me preguntó si yo era yo, a donde iba, y si había viajado antes. Después de responder hasta lo más evidente, los dos volvieron a su oficina. Yo ya me preguntaba si me confundían con alguien que estuviera en "la lista de los más buscados". Si bien Jorge Fénix es el seudónimo que uso como escritor y blogger, mi nombre real es tan común como Juan Pérez o José García. De hecho, hay unas cuantas personas que tienen el mismo nombre y apellido que yo. Finalmente, volvió sólo la chica, puso el sello en el pasaporte, y me deseó un buen viaje.
La planta baja del aeropuerto tenía unos cuantos negocios donde comprar libros y revistas y también donde comer. Yo había comido en un Mac-Donalds de esa terminal una hora antes. El área donde uno esperaba la salida del avión parecía tener muchos más negocios. Suponía que serían los famosos duty free shop. Algo que también me había llamado la atención era la variedad de idiomas que escuchaba mi alrededor. Parejas hablando en inglés, en portugués, en lenguas orientales, y en alguna lengua que parecía europea pero que no entendía. No faltaban los asientos donde acomodarse mientras se espera la salida, cerca de la puerta correspondiente. Yo ya había encontrado la puerta de salida del vuelo, además estar atento a las pantallas que confirmaban que el vuelo saldría sin retraso.
¿Qué puedo decir sobre el paso del tiempo en esa área? Es posible que sea uno de los sitios donde más subjetivo se vuelve ese paso del tiempo. Puede pasar rápido porque uno tiene muchas cosas en qué pensar o despacio para alguien que se encuentre acostumbrado a los viajes.
De todas formas, el tiempo pasó. Me presenté junto con los demás pasajeros en la puerta correspondiente y caminamos por un pasillo que nos condujo directamente al interior del avión. Se veía más sofisticado y confortable de lo que suponía. Tan sólo entrar y sentarse ya era una experiencia agradable. Las azafatas dieron en dos diferentes idiomas las instrucciones de siempre. Como era de noche, por la ventanilla no había nada que ver aparte de luces. Me abroche el cinturón. El avión comenzaba a moverse lentamente hacia la pista que utilizaría para despegar.
Continuará...
jueves, 26 de enero de 2012
Relato de viaje (1)
Foto: The Alieness GiselaGiardino
Un viaje de 1000 millas comienza con el primer paso, dice un proverbio chino. En este caso, era algo anterior a las reservas de avión o de ómnibus. El primer paso era hacerme a la idea de que viajaría sólo hasta el otro lado del planeta para llegar a un lugar donde nunca había estado antes. Eso no forma parte de la lista de locuras que hago habitualmente, las cuales suelen ser mucho más simples, como por ejemplo, ver la temporada completa de una serie de tv en una semana. Tampoco me gustaba mucho la idea de viajar en avión, cosa que había hecho antes, pero hacía ya más de 20 años.
. ¿Qué razón podría impulsarme a iniciar semejante viaje? Tal vez la más poderosa razón por la cual cualquier humano hace esta y otras cosas: Por amor. Dejemos esos detalles para más adelante.Si desde las playas de mi ciudad quiero viajar fuera del país, primero debo dirigirme al aeropuerto internacional de Ezeiza, cerca de Buenos Aires, capital. Afortunadamente hay una empresa cuyos ómnibus pueden transportar a los pasajeros directamente hasta ese aeropuerto. De esa manera uno se ahorra pagar una fortuna para ir desde la capital hasta Ezeiza.
Allí estaba entonces, en la empresa que me llevaría, una hora antes de salir, con el pasaje, la valija, y un pequeño bolso a modo de equipaje de mano. Una de las cosas que me llamaron la atención fue la manera en que varias valijas eran envueltas varias veces en un plástico transparente, en cierta forma, como si fuera momificadas. Me enteré de que tal medida supuestamente procuraba aumentar la protección del equipaje, y rechacé esa alternativa cuando se me ofreció a cambio de la cantidad acostumbrada. Si el candado que la había puesto la valija no era suficiente, el hecho de que estuviera envuelta para regalo no cambiaría nada.
Una vez ubicados todos en nuestros asientos,y tras recibir cada uno una caja con golosinas. El ómnibus se puso en marcha. Varias pantallas fueron bajados a intervalos regulares sobre el pasillo y comenzó la función:2012, esa conocida película sobre un supuesto fin del mundo. Ya la había visto. Para quien no sepa cómo es el viaje hasta la capital, hacer esos 400 km en cinco horas es como atravesar Portugal de este a oeste dos veces. La primera parte del viaje dura tanto como la película, tras lo cual se hace una pausa para tomar algo en un centro comercial en medio de la ruta. Luego la otra mitad del viaje con otra película. Durante el viaje veremos campo, vacas, más campo y más vacas. El paisaje cambia cuando nos acercamos a la capital y hasta donde alcanza la vista todos son casas y edificios. La autopista atraviesa una enorme concentración urbana a varios metros del suelo.
-¿A dónde vamos? Preguntó con curiosidad una mujer de unos 50 años en el asiento de al lado.
- A México.-dije.
-Yo voy a España.
Parece que los pasajeros nos dividíamos en dos grupos según nuestros destinos, y tras conversar brevemente, se mostró más interesada en seguir conversando con quienes también iban a España. Finalmente se veían las instalaciones del aeropuerto. Ya estábamos llegando, tres o cuatro horas antes del vuelo. Ésa era apenas una pequeña parte del trayecto.
Punto de partida: Mar del Plata
Punto de llegada: Aeropuerto Internacional Ezeiza
Foto: Matiphotonoob
Un viaje de 1000 millas comienza con el primer paso, dice un proverbio chino. En este caso, era algo anterior a las reservas de avión o de ómnibus. El primer paso era hacerme a la idea de que viajaría sólo hasta el otro lado del planeta para llegar a un lugar donde nunca había estado antes. Eso no forma parte de la lista de locuras que hago habitualmente, las cuales suelen ser mucho más simples, como por ejemplo, ver la temporada completa de una serie de tv en una semana. Tampoco me gustaba mucho la idea de viajar en avión, cosa que había hecho antes, pero hacía ya más de 20 años.
. ¿Qué razón podría impulsarme a iniciar semejante viaje? Tal vez la más poderosa razón por la cual cualquier humano hace esta y otras cosas: Por amor. Dejemos esos detalles para más adelante.Si desde las playas de mi ciudad quiero viajar fuera del país, primero debo dirigirme al aeropuerto internacional de Ezeiza, cerca de Buenos Aires, capital. Afortunadamente hay una empresa cuyos ómnibus pueden transportar a los pasajeros directamente hasta ese aeropuerto. De esa manera uno se ahorra pagar una fortuna para ir desde la capital hasta Ezeiza.
Allí estaba entonces, en la empresa que me llevaría, una hora antes de salir, con el pasaje, la valija, y un pequeño bolso a modo de equipaje de mano. Una de las cosas que me llamaron la atención fue la manera en que varias valijas eran envueltas varias veces en un plástico transparente, en cierta forma, como si fuera momificadas. Me enteré de que tal medida supuestamente procuraba aumentar la protección del equipaje, y rechacé esa alternativa cuando se me ofreció a cambio de la cantidad acostumbrada. Si el candado que la había puesto la valija no era suficiente, el hecho de que estuviera envuelta para regalo no cambiaría nada.
Una vez ubicados todos en nuestros asientos,y tras recibir cada uno una caja con golosinas. El ómnibus se puso en marcha. Varias pantallas fueron bajados a intervalos regulares sobre el pasillo y comenzó la función:2012, esa conocida película sobre un supuesto fin del mundo. Ya la había visto. Para quien no sepa cómo es el viaje hasta la capital, hacer esos 400 km en cinco horas es como atravesar Portugal de este a oeste dos veces. La primera parte del viaje dura tanto como la película, tras lo cual se hace una pausa para tomar algo en un centro comercial en medio de la ruta. Luego la otra mitad del viaje con otra película. Durante el viaje veremos campo, vacas, más campo y más vacas. El paisaje cambia cuando nos acercamos a la capital y hasta donde alcanza la vista todos son casas y edificios. La autopista atraviesa una enorme concentración urbana a varios metros del suelo.
-¿A dónde vamos? Preguntó con curiosidad una mujer de unos 50 años en el asiento de al lado.
- A México.-dije.
-Yo voy a España.
Parece que los pasajeros nos dividíamos en dos grupos según nuestros destinos, y tras conversar brevemente, se mostró más interesada en seguir conversando con quienes también iban a España. Finalmente se veían las instalaciones del aeropuerto. Ya estábamos llegando, tres o cuatro horas antes del vuelo. Ésa era apenas una pequeña parte del trayecto.
Punto de partida: Mar del Plata
Punto de llegada: Aeropuerto Internacional Ezeiza
Foto: Matiphotonoob
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